Antes de seguir conviene fijar el terreno. Lo que se describe aquí son indicios de contexto recogidos mientras la persona usa la aplicación, no una prueba de identidad cerrada. La cadencia al escribir, la inclinación del aparato y el trazo del dedo se comparan con el comportamiento previo de esa misma cuenta, pero ninguno de los tres, por separado, alcanza para afirmar quién está al otro lado. Estas precisiones existen para evitar dos lecturas opuestas y ambas equivocadas: creer que la señal sustituye a la contraseña, o creer que cualquier desviación equivale a un intruso.
Punto de partida
Antes de entrar en umbrales o respuestas concretas, conviene fijar el orden con el que se observan las señales. No hay fechas ni hitos cerrados: lo que sigue es la secuencia de trabajo que se repite cada vez que se plantea un caso.
Se mira qué está haciendo la persona en ese momento: escribir una orden, revisar posiciones, confirmar una operación. La lectura de señales se ajusta a esa tarea y no al revés, porque el ritmo cambia según lo que se esté haciendo en pantalla.
Se registran intervalos entre pulsaciones y pausas, nunca el contenido escrito. La cadencia de una misma persona varía poco entre sesiones y mucho entre personas distintas, así que sirve como indicio de contexto y no como prueba cerrada.
El acelerómetro y el giroscopio describen cómo se sostiene el dispositivo mientras se navega. La trayectoria del dedo añade presión, velocidad y curvatura del gesto. Son datos de contexto, no una firma infalible.
El cansancio, un teclado externo, un terminal distinto o el uso compartido del dispositivo desvían la lectura. Por eso los indicios se interpretan como señales graduales y no como una decisión única sobre la identidad.